Reseña sobre el libro “Educación emocional y apego”.

Todos experimentamos y mencionamos varias veces a lo largo del día el concepto de emoción pero, ¿realmente sabemos qué es una emoción y qué ocurre en nuestro cerebro y cuerpo cuando nos emocionamos?

Una emoción es una reacción de tipo involuntaria y subjetiva que surge como consecuencia de algún acontecimiento externo o fruto de la imaginación de la persona que la está experimentando. Por lo tanto, no somos conscientes de nuestras emociones ni tenemos control sobre ellas. Lo que sí que podemos controlar es la conducta asociada a la emoción pero no la emoción en sí. Veamos un ejemplo. Luis está muy enfadado con sus compañeros de clase porque en el patio no le han dejado jugar al fútbol. Cada vez que nos planteamos una meta, si no somos capaces de conseguirla, aparecerá, inevitablemente, la emoción de rabia. Luis no ha podido evitar que surja la rabia por el hecho de que no le dejen jugar al fútbol, pero lo que sí que puede hacer, en caso de que esté en condiciones y tenga las suficientes herramientas para ello, es controlar su conducta. El pequeño Luis está furioso, eso es inevitable, pero ha sido capaz de controlar la conducta asociada a la rabia, puesto que no les ha insultado ni pegado, conductas a las que te invita la rabia. Por lo tanto, es importante que diferenciemos entre emoción y conducta. La primera es siempre legitima e involuntaria, pero somos responsables de las conductas que llevamos a cabo y de gestionar de manera adecuada las emociones.

Las emociones tienen una serie de características que es importante que conozcamos como maestros para poder ayudar a nuestros alumnos a gestionarlas de manera adecuada y sana:

  • Ocurren irremediablemente
  • Involuntarias, automáticas e inconscientes
  • Subjetivas
  • Intensas
  • Necesarias para la supervivencia
  • Breves
  • Se acompañan de sensaciones corporales, pensamientos y acciones o conductas

Cuando hablamos de educación emocional, uno de los conceptos más relevantes e interesantes es el de empatía. Podemos decir que la empatía es la capacidad que tenemos para ponernos en el lugar del otro. De hecho, etimológicamente empatía viene del griego “empathos” que quiere sufrimiento con el otro. Imaginemos la siguiente situación. Vas dando una vuelta por la calle cuando de repente, en lo alto de un edificio, ves un funambulista encima de un cable que está pasando de un edificio a otro. ¿Qué sentirías? Seguro que miedo, indefensión, tensión… ¿Por qué llegamos a sentir las mismas emociones que siente el funambulista? Porque empatizamos con él a pesar de que nosotros no estemos en ese cable. Lo mismo nos ocurre cuando estamos viendo una película. Nos enfadamos con el protagonista, sentimos miedo como también lo siente al niño al que le persiguen unos perros y lloramos cuando el protagonista está triste por algún fatal desenlace. En esto consiste ser empáticos. Es importante añadir un matiz. Decíamos que la empatía es la capacidad de meterse en los zapatos del otro, pero debemos tener en cuenta, y esto es determinante, que esos zapatos no son nuestros. Decía Martin Hoffman, uno de los grandes investigadores y entendidos de este constructo, que la empatía es una respuesta afectiva más acorde con la situación del otro que con la de uno mismo. Por eso cuando vamos a un tanatorio decimos “te acompaño en el sentimiento”, es decir, sé cómo te puedes estar sintiendo, pero yo no he sufrido la perdida, no son mis zapatos.

En este punto es importante señalar que para que se desarrolle correctamente la empatía y la regulación de las emociones es necesario, imprescindible diría yo, que exista “un otro” que se haya mostrado sensible con nosotros. Pensad una cosa: ¿cuántas de las habilidades, destrezas y estrategias que tenéis hoy en día las habéis aprendido de “un otro”? Todas. Todo lo que sabemos hacer actualmente, salvo los reflejos, lo hemos aprendido de otras personas (padre, madre, hermanos, amigos, abuelos, profesores, etc). De ahí la gran importancia de que en nuestra infancia tengamos “un otro” que nos enseñe y ayude a desarrollar habilidades emocionales tan importantes como la empatía, la autorregulación emocional, etc.

El apego es una vinculación afectiva bidireccional pero asimétrica que se da entre un niño y sus cuidadores principales, que generalmente suelen ser los padres. Por lo tanto, es el niño quien se apega a la madre, pero la madre no debería apegarse a su hijo, ya que, como decíamos, el vínculo afectivo que se da en el apego es asimétrico. Los padres nos vinculamos con nuestros hijos pero no nos apegamos. En caso de que los padres se apeguen a su hijo, esto podía derivar en una relación de dependencia mutua nada positiva para ninguna de las partes. El niño nos necesita para sobrevivir, pero nosotros no necesitamos a nuestros hijos para sobrevivir.

Existen un total de cuatro estilos de apego: seguro, evitativo, ansioso-ambivalente y desorientado.

El apego seguro tiene una serie de características idiosincrásicas que lo diferencian de los otros tres estilos de apego inseguro. Los estudios llegan a la conclusión de que los padres seguros generan y desarrollan un apego seguro en sus hijos en un 70% de los casos. Lo mismo pasa con los apegos inseguros. Por eso decimos que el apego es transgeneracional, ya que se transmite de generación en generación. Las dos características básicas del apego seguro son la capacidad de protección e intimidad de los padres hacia sus hijos y el fomento de la autonomía y la exploración.

 

En caso de que los padres se apeguen a su hijo, esto podía derivar en una relación de dependencia mutua nada positiva para ninguna de las partes.

 

En el apego evitativo los padres evitan constantemente las conversaciones de contenido emocional de sus hijos. Cuando los niños se sienten tristes o sienten miedo, los padres no atienden emocionalmente a sus hijos, de ahí el nombre de evitativo. Son padres que fomentan más los aspectos intelectuales, musicales y deportivos, por lo que activan más el hemisferio izquierdo.

Los padres con un estilo de apego ansioso-ambivalente responden de manera irregular ante las necesidades emocionales de sus hijos, lo que genera en el menor una sensación de incertidumbre, ansiedad e imprevisibilidad. Son padres que se ahogan en los problemas emocionales de sus hijos, activando más el hemisferio derecho que el izquierdo. Si en el apego evitativo lo que se compromete es la intimidad y la seguridad del niño, lo que se ve restringido en el apego ansioso-ambivalente es la autonomía y la exploración (curiosidad).

Y en el último tipo, apego desorientado, que se da en un 10% de la población, encontramos que la figura de protección es, a la vez, figura de miedo y de terror. Son padres negligentes, abusadores, maltratadores y con trastornos psiquiátricos (trastorno límite de la personalidad, esquizofrenias, bipolaridad, etc).

Es de suma importancia conocer los diferentes tipos de apego tanto en el ámbito familiar como en el educativo o escolar. Cuando los padres, por diferentes motivos, no son capaces de ofrecer a sus hijos contextos de seguridad, protección y confianza, ahí es cuando entra en acción el profesor. Los maestros son las figuras de segunda oportunidad. Cuando en el contexto familiar no se aportan las características necesarias para desarrollar un apego seguro, son los maestros los que pueden suplir a los padres y cumplir con esta función. Es por ello que se hace imprescindible que tanto padres como maestros sepan cómo desarrollar un vínculo seguro en los niños.

El martes 4 de septiembre salió (por fin) a la venta el libro “Educación emocional y apego. Pautas prácticas para gestionar las emociones en casa y en aula” publicado por la editorial Planeta, en concreto por Libros Cúpula. En este libro de carácter divulgativo, el psicólogo y profesor universitario Rafael Guerrero se adentra en el interesante mundo de las emociones, los afectos y los vínculos de apego. Es un magnífico manual eminentemente práctico dirigido a padres, maestros, profesionales… en definitiva, a toda persona que esté interesada en ahondar en el mundo emocional de los pequeños (y de los no tan pequeños). En el libro se abordan temas como la importancia de la teoría del apego, los diferentes estilos de apego, diferencias entre necesidades y deseos, neuroeducación de las emociones, la empatía, cómo podemos hacer de nuestros hijos y alumnos unos expertos emocionales, estrategias específicas de gestión emocional, etc. Y todo ello con un lenguaje claro, sencillo y con muchos casos prácticos para comprender bien los diferentes conceptos explicados en relación a las emociones y el apego. Además, le acompañan con interesantes reflexiones profesionales con un amplio conocimiento y recorrido en relación a las emociones y el apego como son Mar Romera, Francisco Mora, Begoña Ibarrola, Marisa Moya, Roberto Aguado, Álvaro Bilbao, Carlos González, Rafael Bisquerra, Rosa Jove y Silvia Álava entre otros.

 

El profesor universitario Rafael Guerrero se adentra en el interesante mundo de las emociones, los afectos y los vínculos de apego. Es un magnífico manual eminentemente práctico dirigido a padres, maestros, profesionales.

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