Educar sin castigos, con empatía… ¿pero también sin premios?

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Este sigue siendo un tema controvertido y no porque no existan razones para actuar y educar sin gritos, castigos ni premios, sino por el sentimiento de culpa que nos provoca el hecho de no hacerlo (de no saber hacerlo) y de tener tan arraigado un modelo en nuestro interior de acción/reacción, un modelo basado en el paradigma de las escuelas tradicionales las cuales siguen un modelo conductista creado en base al premio y al castigo, en notas, en positivos y negativos, aplicando las consecuencias siempre desde una forma externa (modelo que hemos “mamado” desde pequeños).

Somos conscientes de que vivimos un cambio, de que estamos en una transición educacional. Somos conscientes de que queremos educar a nuestros hijos y/o alumnos de manera respetuosa, escuchamos y leemos que ahora se educa sin castigos y nos queremos subir a un carro sin darnos cuenta de que primero hemos de empezar por nosotros, por “limpiarnos” de creencias antiguas que dominaban nuestro paradigma para así poder entrar de lleno en el nuevo paradigma educacional sin sentimiento de culpa, sin auto fustigarnos por nuestro proceso.

Como acabo de mencionar un poco más arriba, las escuelas tradicionales siguen un modelo conductista. ¿Qué significa esto a grandes rasgos? Bajo la psicología conductista, el niño es como una tábula rasa en el que nosotros, como educadores, podemos meter de todo, modelarlo como nos guste y convertirlo en el tipo de ciudadano que queremos en nuestra sociedad. Por lo tanto, se dejan a un lado las diferencias individuales, las diferencias de aprendizaje y la propia esencia de cada niño (aplico a todos lo mismo, al mismo tiempo, al mismo ritmo y todo tiene que salir bien).

Los principios de este modelo conductista son:

  • Principio de condicionamiento clásico (Pavlov). Si estoy pintando un dibujo y alguien me grita y me riñe, puedo condicionarme y pensar que pintar es desagradable y peligroso.

  • Principio de condicionamiento operante (Skinner). Aplicando premios y castigos se condiciona la voluntad y la conducta de los animales( y la de los humanos).

Hago un paréntesis aquí para comentar que muchas escuelas, conscientes de una educación más respetuosa, comentan que no aplican refuerzo negativo, que no hay castigos y que se centran en el refuerzo positivo, pero no se están dando cuenta que no puedes aplicar una cosa sin aplicar la otra. Recompensa y castigo son las dos caras de una misma moneda y no se pueden aplicar por separado.

Por ejemplo: supongamos que utilizo en el aula con los niños/as los puntos positivos. Si tengo a muchos niños/as con un montón de puntos positivos pero otros con muy poquitos puntos o ninguno, ésto vendría a ser como un castigo para ellos. El punto positivo se ha convertido en algo deseado para ellos y no conseguirlo es como un castigo. Aparte de que con este sistema generamos una espiral de comparación entre unos y otros, por lo que se generan conflictos y daños en la autoestima. Todo esto generado por el adulto, quien de manera externa, con sus juicios , valora en cada niño y niña lo que está bien y lo que no lo está.

Por lo tanto, si existe el “muy bien” también existe el “muy mal” , aunque no se nombre y de esta dicotomía es muy difícil de salir.

Existe también la tendencia de justificarse:

“No, no… Aquí en este colegio sólo aplicamos refuerzo positivo”.

 

Existe el refuerzo positivo y también el refuerzo negativo. El refuerzo negativo no es un castigo, sino que es algo que hace que la conducta aumente, que haya más probabilidades de que se repita esa conducta. Luego está el castigo, pero existe también el castigo positivo y el castigo negativo.

El castigo positivo: Sería el castigo en el que yo doy algo: doy un chillido, un cachete, una amenaza…Impongo algo, una consecuencia externa desagradable.

El castigo negativo: Sería aquél en el que te quito algo que te gusta: te quedas sin recreo, te quito un punto…Te quito algo que era agradable para ti.

El refuerzo positivo sería dar algo: un punto positivo, un dulce , un premio…

El refuerzo negativo sería quitarle algo , que no le guste, al niño/a; por ejemplo:” Si hacéis estos trabajos no hay examen”.

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Todos estos refuerzos y castigos , ya sean positivos o negativos, a corto plazo tienen una eficacia pero a largo plazo no, ya que lo que estamos haciendo es que toda la motivación y constancia del niño provengan de un control externo. Cuando este control externo (premios o castigos)deja de existir el niño deja de hacer las cosas, de interesarse, de estudiar, de hacer los deberes… No han interiorizado el por qué hacer algo. Lo hacen porque hay un chillido, un punto positivo…No hacen un trabajo porque quieran aprender más , o dejan de pegar porque entienden que dañan al otro…

Plantearnos qué razones queremos que los niños tengan para hacer las cosas (razones internas: interiorización de valores , empatía. O razones externas: todo bajo el control del educador/policía represor / compensador) provocarán un cambio de mirada hacia la Educación y un cambio pedagógico.

Y recordemos que:

El castigo.

El castigo provoca tensión y hace que el cerebro se estrese, por lo tanto, bajo ese estrés, la memoria no retendrá mucha información. A nivel emocional, se genera frustración y rabia porque te imponen límites externos que no entiendes y que tienes que acatar sin más. Estamos provocando relaciones de sumisión , de obediencia ciega, de conformismo…

El premio.

El premio no se ve tan claro de erradicar como el tema de erradicar el castigo.¿Cómo no vamos a darle un premio a un niño?. El premio ( o las alabanzas , el “muy bien”), utilizado para guiarte hacia donde yo quiero, sigue siendo un condicionante externo y los niños se desconectan de sí mismos; generamos niños/as indecisos, que no hacen las cosas porque les gusta o por el placer que les evoca sino por si está bien o si está mal. Se desconectan de su creatividad. Cuando hay premios después de un proceso creativo, el proceso creativo se vuelve más pobre porque estoy pensando en qué le puede gustar al maestro o al juez que me va a dar el premio. Dejo de asumir riesgos, no soy creativo, porque me da miedo no conseguir el premio.

Después crecen , llegan a primaria o a secundaria , se les pregunta : ¿Qué queréis hacer?Y no lo saben. Han pasado muchos años desconectados de sí mismos. No se les ha dejado decidir ( ni siquiera si tenían que pintar con rotulador o ceras), sino que han sido guiados todos esos años bajo “lo que estaba bien” o “lo que estaba mal”.

Interaccionar con diferentes experiencias, vivencias y contenidos, hará que en su interior el niño tenga un sentido de “qué me gusta”, “qué quiero para mi vida”, “qué es lo que me motiva”…

Delante de todo ésto, entonces ¿qué podemos hacer?

 

Podemos dejar que la consecuencia natural de cada acto se vaya dando por sí sola (si rompo algo, lo arreglo; si pego a alguien me enfrento a la emoción de esa persona…) y trabajar desde ahí, la empatía, ponerte en el lugar del otro y hacer las cosas , o no hacerlas, porque conozco bien esas emociones y porque me nace ese sentimiento de contribuir al bienestar.

Al principio, en los primeros años será una empatía más física (si lloran, lloro) relacionada con el sentido corporal. No existe la separación de esta es mi emoción y esta es la tuya. A los 2-3 años ya entienden lo que es el “yo” y lo que es “otra persona” , sin embargo no entienden la teoría de la mente, la parte prefrontal , en la que ubicamos las funciones ejecutivas, está aún en desarrollo, es decir, no entienden que existe un mundo de otra persona diferente al mío. Todavía no nace la conducta de compasión, de acercarse al otro. Con 4 años empiezan a entender que el otro siente una cosa aunque yo sienta otra. Sobre los 6 años el tema de la empatía va madurando y los niños son capaces de reconocer de forma clara, lo que siente el otro ( es una empatía emocional). Hacia 5º o 6º de primaria se desarrolla la empatía cognitiva: entender que bajo una misma situación existan diferentes pensamientos i/o reacciones.

¿Qué más podemos hacer? Centrarnos en intentar desarrollar la capacidad de observar sin juzgar. Esto marcará realmente una diferencia educacional tan grande que hasta me atrevería a decir que la raza humana evolucionaria del “homo sapiens sapiens” a vete a saber cuál, pero seguro que habría un cambio enorme a nivel de conciencia.

“Observar sin juzgar…” sí… y observarte a ti mismo ¡sin juzgarte!. ¿Por qué? Porque aunque queramos cambiar tenemos unos patrones adquiridos muy arraigados y una creencias y distorsiones cognitivas que nos limitan…Este cambio que queremos necesita tiempo, el cerebro necesita establecer nuevas redes neuronales. Y , sobre todo, necesitamos constancia: En vez de juzgar el dibujo de un niño como muy bonito,o como raro, o alabarlo , o reírnos podemos observar sin juzgar y , si queremos comentarle algo, podemos quizás decirle: veo que te ha gustado pintar con el color azul ( por ejemplo).

¿Quiero decir con ésto que nunca puedo dar mi opinión ni alabar? No…Lo que quiero decir es que quizás tu opinión no te la ha pedido el niño, y que en el que caso de que se la des, seas consciente que es tu mente subjetiva la que da la opinión y sepas que tu opinión no es la “verdad verdadera”, y que entiendas que puedes dañar la autoestima del niño si vas a dar tu opinión o tu alabanza delante de más niños.

Para finalizar y, en referencia a educar sin castigos ni recompensas, también quiero aclarar que ésto no significa educar sin límites, sino todo lo contrario, pero éste será un tema para un próximo post.

Vamos juntos…

Fuente: Marta Martínez Lledó. Eva Carrillo Toríbio.

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